lunes, 16 de noviembre de 2015

Las palabras que no van seguidas de los hechos no valen para nada.


Al igual que esta frase atribuida al político ateniense Demóstenes (382-322 a.C) podríamos encontrar muchas otras como aquella que dice que “los hechos dicen más que las palabras” cuyo autor desconozco y por eso no le doy el crédito que merece. 


Y es que hay personas que hablan más de la cuenta, que prometen el oro y el moro. Personas a las cuales se les hace muy fácil mentir o montar unas películas cuyos guiones quisieran los mejores directores de cine. Son los llamados terroristas de la palabra, los cuales utilizan esta poderosa herramienta para cautivar incautos, para manipular pueblos enteros. Ejemplos los que usted quiera. Durante la historia de la humanidad han existido personajes que con el poder de la palabra han dominado naciones y también las han llevado a la guerra y a la destrucción. Sin embargo hoy no me quiero referir a este tipo de seres humanos. Hoy quiero referirme a las personas que dicen una cosa y hacen otra, que no son coherentes ni consecuentes con su discurso. Son las personas que hablan de felicidad pero son las más infelices. Hablan de libertad financiera pero no tienen dinero. Hablan de amor pero en todos sus actos se ve el odio y el rencor. Que hablan de paz pero que con sus acciones causan el mayor daño. Hablan de grandes negocios y empresas y nunca han tenido una. Que hablan de triunfar en la vida cuando nunca han fracasado porque nunca han intentado hacer nada. Que hablan de moralidad, de principios y de valores pero que son los más corruptos. 

Son personas que como dice el adagio popular, son “luz de la calle y oscuridad de la casa” y cuando me refiero a la casa no solo me refiero al espacio físico en sí, sino a la principal casa de todas, a nuestro cuerpo, a ese templo en el cual mora esa energía creadora y conservadora del universo que es nuestro padre Dios. Son personas que fingen lo que no son, dicen lo que no sienten y por supuesto viven en un mundo de apariencias. Son personas que están solas rodeadas de muchas otras. No es de extrañar entonces que algunas lleguen a cometer uno de los actos más difíciles de explicar cómo es el suicidio ya que entrar a criticar los que toman tan fatal decisión sería temerario pues nadie sabe a ciencia cierta que puede pasar por la mente de un ser humano cuando decide acabar con su vida. 

Es entonces cuando debemos preguntarnos quienes somos y no que somos. Cuando se le pregunta a alguien quien es, por lo general trae a colación sus estudios, su profesión, el arte o el oficio que desempeña, sin embargo eso es que es, no quién es. En mi hermoso país Colombia, buena parte de la población sufre de “doctoritis aguda”. En un blog anterior hablaba de los académicos que poseen cualquier cantidad de títulos universitarios pero que se comportan peor que cavernícolas. Son personas muy bien capacitadas pero mal educadas. Como decía el filósofo y escritor británico James Allen (1864-1912) “El hombre es lo que piensa” y yo le añadiría, que el hombre es lo que piensa y lo que hace. De tal forma que si se habla más de la cuenta y no se hace lo que se dice, simplemente esa persona es una embustera.

A veces se encuentra uno con “sabios” que dicen saber hacer muchas cosas pero que a la hora de la verdad, como decimos aquí en Colombia son “mucho tilín tilín y nada de paletas”, frase que hace referencia a las personas que venden helados por las calles y que se anuncian mediante unas campanitas las cuales hacen sonar pero cuando uno va a comprarles algo, no tienen helados. Un ejemplo de esto son los políticos, que prometen cosas que difícilmente pueden cumplir solo para hacerse elegir o cuando se quiere conquistar a alguien que se dicen y se hacen cosas solo con el fin de lograr el objetivo. Infortunadamente después que logran sus objetivos, sale a flote la verdadera persona y los resultados son catastróficos. 

Qué bueno sería que nos respetáramos y respetáramos a los demás, solo así dejaríamos de hablar tonterías. Un proverbio Alemán dice que “guarda silencio o di algo mejor que el silencio”. Si no tenemos algo bueno que decir de algo o de alguien, mejor quedémonos callados, hacemos más y herimos menos. Como dice el escritor colombiano Alfredo Sterling, “Una bala hiere el cuerpo, una palabra hiere el alma”. Una herida física cicatriza en cambio difícilmente podemos olvidar una palabra que nos hirió el alma. Recordemos que cuando hablamos mal de los demás, lo estamos haciendo de nosotros mismos ya que somos fiel reflejo de lo que decimos y hacemos.

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